“Me subleva que las injusticias de cada día pasen de puntillas en los medios”

Portada Pobreza 360º

“España no es que sea pobre, es que tiene muchos ricos, muchos listos a costa de muchos a quienes nos hacen más pobres.”

“La pobreza no es lo mismo que la miseria. Quien la padece siente vergüenza”

El periodista Jesús Martínez es el autor de “La pobreza en Barcelona en los años del Big Crap (2008-2014)”, un libro reportaje publicado por la Universitat Oberta de Catalunya en su colección 360 grados. El Big Crap es el poder económico que se escapa del control político, una fuerza que no ha dejado de crecer mientras aumentaba la brecha entre los más ricos y los que menos tienen. Jesús Martínez se define como periodista de calle y escribe sobre personas.

Lee la entrevista completa en nuestra web

http://www.sincronia.org/voces/jesus-martinez/

La página de Jesús Martínez

http://reporterojesus.com/

EL SILENCIO COMO EPITAFIO

Mar

“Unos 400 inmigrantes mueren ahogados tratando de alcanzar Italia”. Detrás de ese escueto titular se esconde no solo una catástrofe humanitaria, sino también una patética realidad informativa. De entrada, los medios de comunicación recogen una información de una ONG, Save The Children, que ha alertado de que en esta tragedia habrían perdido la vida “muchos hombres jóvenes, probablemente niños” y esa alerta ha funcionado como acicate, aunque no lo suficiente para llevar a primerísimo plano una realidad tan cotidiana como ignorada.

Ha sido necesaria una tragedia descomunal para que nos hayamos enterado de que en los últimos días miles de personas se han jugado la vida para llegar a nuestras costas, y decimos nuestras porque, a pesar de lo que afirma el titular de la noticia, quizá muchos de esos inmigrantes no querían alcanzar Italia, o incluso ignoraban que iban hacia allí. Probablemente lo que querían alcanzar era la salida al túnel de su desesperación encarnado en una Europa rica y prospera a sus ojos. Solo en los últimos cuatro días más de ocho mil personas han conseguido llegar a las costas europeas huyendo desde el norte de África. Y esa es una cifra que solo cuenta los supervivientes e ignora los cientos de tragedias que se producen a diario sin que nadie o casi nadie tenga conocimiento de ello.

Hace un mes una cooperante de otra ONG, Caminando sin Fronteras, notificaba una llamada desesperada desde una patera con rumbo a Canarias: “Nos hemos perdido. No tenemos gasóleo. ¡Socorro!”. Era la segunda patera perdida en una semana en la misma zona. Al final, tras diez días a la deriva, fueron rescatadas trece personas. Otras ocho murieron y fueron arrojadas al mar por los supervivientes. Aquel día la portada de los principales periódicos la ocupaba una sola noticia con diversos titulares: “La policía busca la razón por la que el copiloto estrelló el avión”, “El copiloto que estrelló el A320 paró su formación por depresión” o “Un joven copiloto fuera de toda sospecha estrelló el avión”.

Sin querer restarle un ápice de importancia a la tragedia aérea de Los Alpes, resulta informativamente dolorosa la comparación del despliegue de medios destinados a cubrir ambas noticias, masivo en el caso del avión de Germanwings y prácticamente nulo en el caso de la patera, como masivo fue el doloroso homenaje a las victimas y sepulcral el olvido de los muertos que se tragó el mar. Como olvidadas serán pronto los cuatrocientos muertos de la embarcación naufragada en el Mediterráneo. La información convertida en espectáculo crea tragedias con distinto rasero y distintas actitudes ante la tragedia y el dolor. Decía Miguel de Unamuno que a veces el silencio es la peor mentira y nos permitimos añadir que a menudo el olvido es la mejor complicidad con la injusticia.

Sincronía, una sola Humanidad.

UNA SONRISA TIRADA EN LA CALLE

Jor Rigoli 1Jorge Alberto Ripoli falleció a finales de febrero en un hospital de Buenos Aires. Era un actor simpático que llegó a la fama con una frase tonta, que a tenor de como acabó su vida, ha cobrado un significado especial: “¡Yo sigo!”. Fue como una segunda defunción, porque Joe Rigoli, el nombre con el que le conocemos millones de españoles que a finales de los 70 y principios de los 80 consumíamos la única televisión española, murió hace mucho tiempo, cuando acabó en la calle, pidiendo para sobrevivir, hasta que una organización de actores lo recogió y lo llevó al geriátrico donde pasó sus últimos días. El actor que gracias a su guiños simpáticos y sus muecas exageradas había ganado millones en España antes de regresar a su Argentina natal, se fue después de sufrir en propia carne el infierno de la indigencia.

Cuentan los que le conocieron entonces que en sus peores momentos trataba de mantener la sonrisa y trataba de escapar de la amargura con una filosofía a la par positiva y resignada: “Hay dos maneras de vivir: disfrutando lo que tenés o sufriendo lo que te falta”. Felipito Tacatún, el nombre de su personaje televisivo más popular, ha vuelto a las pantallas en un último homenaje, a la par nostálgico y morboso, un canto al “no somos nadie” y “así es la vida”, que nos permite volver a pasar al lado del mendigo de la esquina tratando de no verlo, ignorando que vientos de la vida vida le han arrinconado allí.

En el caso de Joe Rigoli le sobrepasó el dinero, según el mismo confesaba, y malbarató su vida, o tal y como él decía: “Cuando la ganá fácil, la gastá fácil”; a otros les sobrepasó la quiebra de un negocio, la estafa de un banco, la pérdida de un empleo, el maltrato de su pareja, las consecuencias de un divorcio, las secuelas de un accidente o cualquier otra de esas otras puertas giratorias de la vida que no llevan a los consejos de administración sino directamente a la calle.

Según el cálculo de entidades sociales como Cáritas, Solidarios para el Desarrollo o Fundación Arrels, más de 40.000 españoles viven en la calle, atrapados en la indigencia, abrazados como náufragos al embrutecimiento progresivo que lleva al alcoholismo o la demencia. Desde el inicio de la crisis ha ido en aumento el número de personas que, llevando una vida normal, por un tropiezo económico o personal se quedan sin apoyos, sin cobertura económica ni familiar y acaban convirtiéndose en un sin techo.

A este vergonzante censo hay que añadir un número creciente de personas que aún teniendo un trabajo, éste es tan precario que se ven obligados a vivir en sus vehículos, locales abandonados o dependencias como las salas de espera de los aeropuertos. Son personas que quedan fuera de las estadísticas oficiales y de los servicios públicos de atención básica, condenados a subsistir gracias a la solidaridad de la ciudadanía, sin apenas esperanzas de poder romper el círculo de marginación y pobreza si no reciben atención.

Si también te preocupa esta situación y te gustaría colaborar para que la voz de los sin techo llegue a toda la sociedad, quizá te interese nuestro proyecto LA CALLE, ÚLTIMA PARADA.

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¿Somos una sociedad enferma?

Cuentos-de-terror

Decía el viejo político alemán Willy Brandt que una situación se convierte en desesperada cuando empiezas a pensar que es desesperada. La mañana del viernes 19 de diciembre, mientras el país enfilaba el período de vacaciones navideñas, un hombre empotraba su vehículo, convertido en un coche bomba que no hizo explosión, contra la sede del partido del gobierno. Se trataba de un hombre de 37 años, empresario arruinado y en paro, que afirmaba que “lo había perdido todo”. Afortunadamente ni él ni nadie resultó herido, pero en el aire quedó flotando una sensación de miedo, rabia y desesperación.

Las primeras y confusas noticias destacaban que el hombre “podría padecer problemas mentales”, una afirmación un tanto de perogrullo, porque nadie en su sano juicio se inmolaría al volante de su coche intentando provocar una catástrofe. En los cafés, las oficinas y las colas del paro los comentarios eran dispares, pero también había un punto de coincidencia, un “esto se veía venir”, un “lo raro es que nadie hubiese reventado antes”.

La noticia eclipsaba otra también trágica y dantesca: un hombre era detenido por incendiar una nave industrial con catorce personas en su interior. De nuevo la fortuna quiso que tampoco hubiese víctimas mortales en los catorce inmigrantes subsaharianos que fueron rescatados de entre las llamas por bomberos. Esta vez los comentarios no hablaron de desesperación ni de enfermedad mental del autor de la salvajada, un joven de 27 años que pretendía vengarse por el impago de un alquiler ilegal, aunque tampoco se pueda decir que estuviera muy en sus cabales. Esta vez la sensación que quedó flotando fue la de rabia, asco y asombro.

Para redondear este despropósito, el mismo día otro titular anunciaba que crecen las enfermedades mentales y físicas fruto de la crisis económica en general y de los recortes en el sistema sanitario en particular, según el último informe elaborado por la asociación de economistas FEDEA, integrada por las empresas más potentes del país (BBVA, La Caixa, Abertis, Repsol, Bancoi de Sabadell, etc.). O sea, quienes manejan el dinero también han acabado por reconocer que el sistema está fracasando.

Las tres noticias sacaban a la luz algo que todos sabemos aunque pocas veces aparezca en los principales informativos: vivimos en un país enfermo, somos una sociedad al borde del fracaso y corremos el riesgo de precipitarnos en un abismo de locura si quienes nos dirigen siguen empeñados en negar la evidencia y los ciudadanos no somos capaces de optar por una actitud colectiva de solidaridad y acción social.

En nuestra modestia, nosotros seguimos tratando de aportar nuestro granito de arena y por eso insistimos en llevar adelante campañas en positivo, apostando por el diálogo, la responsabilidad y el control de los resortes de poder.

SINCRONIA, UNA SOLA HUMANIDAD

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Una epidemia llamada pobreza

Señora calle barcelona septiembre 2011 B

“La pobreza se hace crónica”. Así de rotundo era el aviso que lanzaba Cáritas hace ya tres meses y la situación no ha mejorado, precisamente. Nos hemos convertido en el tercer país de Europa con más pobreza laboral y los autónomos (tan cacareados como los esforzados héroes que sostendrán al país) son el sector más golpeado en los últimos meses, con un 35% de personas en riesgo de exclusión social. Cada día hay más personas que trabajan para malvivir gracias a los comedores sociales y las organizaciones solidarias. Cada día hay más desahucios a familias en situación límite y las familias que rozan el límite de la pobreza son dos de cada diez.

Estos tercos datos figuran en los últimos informes de entidades tan distintas como Cruz Roja, UNICEF, la Fundación Primero de Mayo, Cáritas o el informe AROPE de la Unión Europea. A ellos se contraponen una serie de cifras y estadísticas de índices bursátiles, valores de deuda, porcentajes de afiliación a la seguridad social o malabarismos con el paro que, sin entrar en su veracidad, poco o nada tienen que ver con la situación en la calle, término que cobra toda su dimensión si tenemos en cuenta que ese es el lugar en el que viven más de 40.000 personas que carecen de un hogar. Claro que ya decía Mark Twain que hay tres clases de mentiras: la mentira, la maldita mentira y las estadísticas

Y en medio de toda esta profusión de datos nos encontramos habitualmente con un análisis crucial que, sin embargo, pasa desapercibido o es percibido como una bonita frase de relleno: “La formación es otra de las claves que inciden en la probabilidad de que un trabajador caiga en la pobreza”. Quizá sea porque cuando lo que urge es solucionar las consecuencias, casi nadie se para a pensar en las causas, pero es ahí donde podemos encontrar uno de los puntos de ruptura más importante para romper este círculo vicioso de la precariedad endémica.

La acción ciudadana y la solidaridad colectiva están tapando las grietas de un sistema que hace aguas y es preciso que comencemos a pensar que también comienza a ser urgente que esa acción ciudadana impulse los cambios necesarios para eliminar las causas de esas grietas. Dar un cambio al sistema de educación y los conceptos de formación que debemos proporcionar a las futuras generaciones es la mejor forma de evitar que se eternice la situación de emergencia. Un sistema social más justo comienza en la escuela. Ahí podemos empezar a vacunarnos para que la pobreza no sea una epidemia crónica.

SINCRONÍA, UNA SOLA HUMANIDAD.

CAMPAÑA POR UN PACTO DE ESTADO EN EDUCACIÓN

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Pobres con trabajo

estamos trabajando

Cruz Roja ha lanzado una nueva alerta sobre la situación social en nuestro país. Han detectado un nuevo tipo de pobre: el trabajador pobre, es decir, las personas que tienen un trabajo que no les permite llegar a fin de mes ni pagar las deudas que día a día se acumulan y aumentan hasta asfixiarlos, sin posibilidad de que su situación tenga salida a medio e incluso a largo plazo.

Se trata habitualmente de personas mayores de cuarenta y cinco años, con salarios que rondan los 400 o 600 euros, más de la mitad con un contrato temporal y una quinta parte sin contrato de ningún tipo. Cruz Roja afirma que cada día atiende a más ciudadanos con este perfil y que más de la mitad necesitan ayudas de urgencia para sacar adelante a su familia.

Según un estudio de la Unión Europea publicado en enero de este año, España es uno de los países donde peor empleo se crea. Sólo un 35% de los españoles que encuentra un trabajo logra salir de la situación de pobreza, un triste logro en el que solo nos superan Rumanía y Bulgaria.

En los últimos cinco años, la población en riesgo de pobreza y exclusión social ha aumentado en más de un cinco por ciento a causa de la crisis. Ahora estamos en un 28, 2%, lo cual quiere decir que cerca de un tercio de los españoles está al borde del abismo económico. Según el propio comisario de Empleo y Asuntos Sociales, Laszlo Andor, una simple reducción de los niveles de desempleo puede no ser suficiente para darle la vuelta a la crisis que padecen los estratos más bajos de la sociedad.

Si encontrar un trabajo no significa necesariamente que se salga de la pobreza, algo fundamental está fallando en nuestra sociedad. Quizá ha llegado la hora de replantearnos un nuevo modelo económico que prime la ética y la responsabilidad empresarial, pero que al mismo tiempo estimule la implicación de los ciudadanos a la hora de planificar nuestros hábitos de consumo y nuestras prioridades. Quizá la teoría del lucro incesante y del ‘sálvese quién pueda’ necesiten ser sustituidas por la filosofía del diálogo y la colaboración entre todos esos que la prensa denomina pomposamente “agentes sociales”. El compromiso personal, el respeto por el trabajo bien hecho y la responsabilidad hacía uno mismo y los demás son las claves de un cambio social que fomente el diálogo y el acuerdo.

M.L.P.
Sincronía.org

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Sueños de libertad

201370_PateraMarEs un precioso bebé de pelo rizado, unos ojos inmensos y sonrisa luminosa, una niña de diez meses vestida con un pijama blanco con topitos negros que realzan el brillante oscuro de su piel. Podría ser el bebé de un anuncio, pero ha salido en todas las televisiones del mundo como la última imagen lacerante del drama de la inmigración. Los voluntarios de Cruz Roja la han bautizado como Princesa y así se está haciendo tristemente famosa, como la princesa salvada de las aguas.

Dice el diccionario de la RAE que princesa es la “Mujer que por sí goza o posee un Estado que tiene el título de principado” y añade que: “En España, título que se da a la hija del rey, inmediata sucesora del reino”, o sea, la heredera del trono. No sabemos que heredará al final la princesa de las aguas, pero sus padres no son reyes sino unos de los seres más desesperados del mundo y lo único que le han podido legar es una posibilidad de supervivencia a costa de su propia desgracia.

¡Qué enorme desesperación no deben padecer esos padres que embarcan su hija, un bebé de pocos meses, a una aventura incierta y peligrosa, solo para que pueda abandonar la tierra donde nació y tener una oportunidad de vivir dignamente en una tierra hostil, que para ellos es la tierra prometida! ¡Qué infinita desesperanza vivirían al ver como eran retenidos por la policía marroquí mientras se alejaba la patera con su niña a bordo!… ¿Que falta de sentimientos nos lleva a ser testigos habituales y, porqué no decirlo, algo cómplices de una descarado y criminal tráfico de seres humanos?

Porque… ¿no hay cierta complicidad en acostumbrarnos, aunque sea horrorizados, al espectáculo de los inmigrantes africanos encaramados en lo alto de las alambradas que hemos levantado entre ellos y nosotros? ¡Libertad! gritaban ayer desde lo alto de la valla , con los dedos aferrados al alambre de espino. Es la mejor expresión de lo que es hoy la mayoría de África: una prisión para millones de seres humanos que sueñan con la libertad en el Norte. ¿Es posible seguir mirando hacia otro lado?

Por M.L.P.

SINCRONIA, UNA SOLA HUMANIDAD.

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