Se acaba un nuevo curso escolar con los deberes de la reforma educativa sin hacer

El curso escolar 2020-2021 se acaba y con él se va, una vez más, la oportunidad de comenzar a trabajar en la creación de un nuevo modelo educativo, flexible, duradero y adaptado a los tiempos que vivimos. La posibilidad de un dialogo político que permita avanzar en la búsqueda de un Pacto de Estado en Educación, se ha reducido todavía más, si es que tal cosa es posible, debido al incremento constante de la crispación política y la nula cultura de diálogo de que hacen gala nuestros representantes públicos.

La novedad de este curso, marcado ineludiblemente por la pandemia, ha sido la aprobación de la Lomloe (Ley Orgánica de Modificación de Ley Orgánica de Educación), más conocida como Ley Celaá, por el nombre de la ministra que la ha puesto en marcha. Al igual que todas las leyes que la precedieron, la Lomloe nace en medio de la eterna polémica política, sin más apoyo parlamentario que el de los partidos del gobierno y los que apoyaron su investidura y la oposición frontal del resto, con lo que lo único que tiene garantizado esta ley es su desaparición en cuanto un nuevo partido suba al poder.

En esta escenario es casi irrelevante analizar los aspectos positivos y negativos de una ley que tiene los días contados y que ni siquiera tiene garantizada su implantación completa. Una vez más nos hallamos en un callejón sin salida y en la eterna encrucijada, con un sistema educativo completamente alejado de la realidad que no sirve para formar a las actuales generaciones, a las que se sigue instruyendo de acuerdo a unas reglas de hace décadas que ya no tienen valor, y que tampoco sirve para formarlos adecuadamente para las necesidades de esta sociedad. Seguimos anclados en métodos educativos propios del siglo XIX, en una sociedad que cambia cada diez minutos. Y como siempre, son los estudiantes los que siguen pagando las consecuencias de la falta de diálogo y el exceso de instrumentalización política de la Educación.

Eduardo Castellón Mallor

Sincronía, una sola Humanidad

El monstruo se llama machismo

Un día más la sociedad española se ha visto sacudida por el horror de la violencia machista. A la localización en el mar del cadáver de Alivia, la mayor de las dos niñas secuestradas por su padre en Tenerife, que hace temer lo peor respecto a su hermana, nos ha sumido en un estupor horroroso, se sumaba hace unas horas la noticia del asesinato de una joven de 17 años a manos de su ex novio de 23. El shock producido por la primera noticia revela de alguna forma la capacidad de esta sociedad de cauterizar el horror mediante el olvido de hechos similares. Los comentarios más habituales en las redes sociales eran del tipo de: ¿Cómo es posible que un padre haga algo así?, No me puedo creer que un padre haga esto… y cosas por ese estilo.

Aislando el hecho brutal como algo puntual, pensamos que nos blindamos contra una violencia contra la infancia con la que convivimos a diario y tiene cifras espeluznantes. Hace menos de un año, en septiembre de 2020, en este mismo blog publicábamos una entrada que comenzaba así: «Un funesto azar ha hecho coincidir en el mismo día dos noticias que han sumido a toda la sociedad española en el horror y la estupefacción. Un padre que mata a su hija de cuatro años de un corte en el cuello en Zaragoza y un bebé de 10 meses que fue hospitalizado en estado de muerte clínica en Castellón por una brutal paliza, presuntamente a manos de sus padres». Ayer nadie recordó estos casos, ni el de José Bretón, que mató a sus dos hijos en 2011, ni decenas de casos registrados en los últimos años. Eso sin contar el goteo permanente de mujeres asesinadas cada semana, que debería horrorizarnos bastante más de lo que lo hace.

Superando el horror y la indignación momentánea, es necesario que comencemos a analizar estos hechos con un criterio más amplio y buscar las razones de una violencia que hunde sus raíces en el machismo (en el caso de las niñas de Tenerife, parece claro que fueron asesinadas en un acto de venganza hacia su madre), la desestructuración social y familiar ( la chica asesinada en Sevilla y su agresor tenía un niño de cuatro meses a una edad en la ambos deberían estar aprendiendo a vivir) y, sobre todo, un fracaso en nuestro sistema de valores en los que la venganza primera sobre la justicia, la violencia verbal sobre el diálogo y el más rampante egoísmo sobre la solidaridad. Pero por encima de todo, la lacra que directamente nos convierte en una sociedad fracasada es un machismo rampante y violento que parece haber tomado carta de naturaleza en todos los niveles de nuestra sociedad.

Sincronía, una sola Humanidad