El horror estaba al otro lado del tabique

“Llegamos a poner corcho en la pared para no escuchar los ruidos” declararon unos vecinos cuando se enteraron de la noticia. Después de dos años pidiendo auxilio y recibiendo palizas, por fin la policía liberó el pasado miércoles a una mujer de 23 años a la que su marido mantenía encerrada en un piso de 35 metros cuadrados, sometiéndola a una tortura diaria a la que la mayoría de su entorno hizo oídos sordos. Sin mostrar una excesiva perturbación, los vecinos declararon que era una «pareja conflictiva» y que a ella a penas la conocían «porque no salía nunca de casa». A él lo calificaron como un individuo «parco en palabras que no se relacionaba con nadie» que se pasaba el día trabajando.

También hubo algunos que comentaron que nunca había escuchado ningún grito ni ningún golpe de los que marido propinaba a la mujer, que al ser rescatada presentaba golpes y heridas por todo el cuerpo, algunas de ellas efectuadas con cuchillos. Por el momento se ignora como la mujer logró ponerse finalmente en contacto con el amigo de Alicante que se encargó de avisar a la policía, pero no podemos evitar sorprendernos del silencio que envolvió este maltrato continuado. No se trata de cargar las tintas sobre la actitud del vecindario, pero cuesta entender este tipo de aislamiento en el que vivimos hacinados, pero es evidente que nos estamos instalando en una filosofía del individualismo que nos aboca inevitablemente al fracaso como sociedad libre y de derechos.

A esos oídos sordos es a lo que algunos apelan cuando califican la violencia machista como «violencia intrafamiliar», como si fuese un asunto interno en el que los demás no debemos inmiscuirnos, en el que la sociedad debe limitarse a poner la tirita sobre corte físico o el hematoma psicológico, evitando políticas sociales que prevengan los malos tratos y ponga la venda antes de la herida. En esta lacra del maltrato, como en tantas otras, la responsabilidad es colectiva y todos estamos involucrados en en ella por acción u omisión. Puede que parezca que el «sálvese quien pueda» es un opción legítima, pero es seguro que es la peor y a veces, demasiadas veces, el silencio nos hace cómplices.

Sincronía, una sola Humanidad

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