“Cara de otro”, un libro para fomentar la autoestima infantil

En la vida de todo niño y preadolescente llega un momento en el que tiene que enfrentarse él solo a su problema y buscar la forma de solucionarlo. Eso es precisamente a lo que se enfrenta Perico, el protagonista de este libro que habla de la necesidad de aceptarse a uno mismo tal y como es y encontrar la forma de darle la vuelta a las cosas y sacarle partido a lo que, en principio, podrían parecer defectos. Es en definitiva una historia sobre como afrontar la vida y trabajar la autoestima, pero con un enfoque de humor e incluso de intriga, ya que el protagonista debe averiguar porque su cara es tan común que crea confusión. El relato del autor, Pedro Riera, unido a las ilustraciones de Erica Salcedo, convierten esta obra en una herramienta para trabajar el tema de la superación personal con los niños.

El protagonista del libro tiene nueve años y todo el mundo le dice que siempre está en las nubes, que es un despistado, que vive en su propio mundo, hasta que un día, empiezan a sucederle cosas muy extrañas: varias personas le confunden por la calle con otros niños a los que ni siquiera conoce. Perico, harto y cansado de vivir situaciones incómodas y sin saber a quién pedir ayuda, decide resolver el misterio por sí solo, pero las cosas empeoran aún más. Y cuando sus compañeros de clase se enteran, tiene además que soportar sus burlas constantes. Pero gracias a una de sus profesoras pronto descubrirá que ser un “cara de otro” también tiene ventajas y que todos tenemos alguna característica que nos hace diferentes a los demás.

El autor, Pedro Riera, es un barcelonés licenciado en Ciencias de la Información, que ha trabajado en televisión, cine y publicidad, y que a finales de los años noventa trabajó en Bosnia como productor, realizador y guionista de las campañas de televisión y radio de una organización internacional. Fruto de esta experiencia nacerían dos novelas para adultos: Heridas de guerra (2004) y Un alto en el campo de los Mirlos (2005). Además ha publicado varias novelas juveniles con notable éxito.

Es una recomendación de Sincronía, una sola Humanidad

Nella Larsen, una mujer criada en el desarraigo racial que se convirtió en una de las principales figuras de la cultura afroamericana

Hija de una emigrante danesa y un hombre de raza negra procedente del Caribe británico que pronto las abandonó a ambas, Nellallitea ‘Nella ‘ Larsen, originalmente bautizada como Nella Walker, vino a parar al mundo en el distrito de Levee, una de las zonas más pobres de Chicago, el el 13 de abril de 1891. Su madre se casó con un inmigrante sueco llamado Peter Larsen y la pequeña tomó el apellido de su padrastro. En 1892, la pareja tuvo una hija, Anna Elizabeth, y los cuatro se trasladaron a un vecindario mayoritariamente blanco, con lo que Nella se crio en el desarraigo de no pertenecer a ninguna de las dos culturas: ni la negra sureña, ni la blanca europea. Excluida del mundo del mundo del blues o de la iglesia negra, en el que se movían los afroamericanos procedentes del Sur rural, tampoco fue aceptada nunca en el mundo de la inmigración sueca en el que se desenvolvía el resto de su familia.

Entre 1895 a 1898, visitó Dinamarca con su madre y su hermanastra y se integró sin especiales dificultades, pero al regresar a Chicago se encontró en medio de un ambiente cada vez más hostil. Las tensiones raciales había aumentado a medida que llegaban nuevos inmigrantes, tanto afroamericanos como europeos, y Nella se vio cada vez más desplazada. Creyendo facilitarle una salida, su madre la matriculó a los 17 años en la Universidad Fisk, una institución para estudiantes negros de Nashville, Tennessee. Como mestiza fue rechazada por la mayoría de sus compañeros, descendientes directos de los antiguos esclavos, y a causa de sus reacciones rebeldes Larsen acabó siendo expulsada por violar por alguno de los estrictos códigos de vestimenta y conducta de las mujeres de la universidad.

Entre 1909 y 1912 vivió de nuevo en Sueca y a su regreso siguió tratando de encontrar un lugar propio que la librease del desarraigo racial. En 1914 se matriculó en la escuela de enfermería del Lincoln Hospital de Nueva York, donde los médicos eran varones blancos y las enfermeras y estudiantes de enfermería eran mujeres negras, y donde había una residencia de ancianos que eran mayoritariamente afroamericanos, mientras que los del hospital fundamentalmente blancos. Tras graduarse en 1915, Nella se fue al sur para trabajar en el Instituto Tuskegee, en Alabama, donde pronto se convirtió en enfermera jefe de su hospital. Allí conoció el modelo educativo de Booker T. Washington, el gran líder de la integración de los afroamericanos, pero acabó desilusionada al comprobar que lo único que buscaba era preparar a los jóvenes en profesiones útiles para que fuera aceptados por los blancos.

Regresó a Nueva York en 1916 para trabajar durante dos años como enfermera en el Lincoln Hospital. Tras obtener la segunda puntuación más alta en un examen de servicio civil, fue contratada por la Oficina de Salud Pública de la ciudad y trabajó para ellos en el Bronx durante la catastrófica pandemia de gripe de 1918 en barrios mayoritariamente blancos y con sanitarios blancos. La brutalidad de aquella experiencia la llevó a abandonar la enfermería y comenzó a trabajar con la bibliotecaria Ernestine Rose , para ayudar a preparar la primera exhibición de “arte negro” en la Biblioteca Pública de Nueva York. Apoyada por Rose, se convirtió en la primera mujer negra en graduarse de la Escuela de Bibliotecas Públicas de Nueva York. Tras trabajar en varias bibliotecas de barrios blancos, pidió en traslado a Harlem donde entró en contacto con las figuras por importantes del llamado Renacimiento de Harlem, el primer movimiento cultural protagonizado por artistas e intelectuales negros.

En 1928 publicó Quicksand, una novela en gran parte autobiográfica, que fue aclamada por la crítica, pero tuvo poco éxito financiero. Al año siguiente publica Passing, su segunda novela y otro éxito en el que hablaba de dos mujeres afroamericanas de raza mixta, amigas de la infancia que toman diferentes caminos de identificación racial: una casada con un médico negro y la otra haciéndose pasar por blanca y casándose con un blanco. En 1930 publicó Sanctuary, un relato por el que la acusaron de plagiar a la escritora británica Sheila Kaye-Smith, algo que nunca se llegó a a probar. Siguió publicando cuentos y se convirtió en la primera afroamericana en conseguir una beca Guggenheim, pero la muerte de su ex marido en 1941 la sumió en una profunda depresión y nunca volvió a publicar. Larsen murió en su apartamento de Brooklyn en 1964, a los 72 años de edad.

Sincronía, una sola Humanidad

El horror estaba al otro lado del tabique

“Llegamos a poner corcho en la pared para no escuchar los ruidos” declararon unos vecinos cuando se enteraron de la noticia. Después de dos años pidiendo auxilio y recibiendo palizas, por fin la policía liberó el pasado miércoles a una mujer de 23 años a la que su marido mantenía encerrada en un piso de 35 metros cuadrados, sometiéndola a una tortura diaria a la que la mayoría de su entorno hizo oídos sordos. Sin mostrar una excesiva perturbación, los vecinos declararon que era una «pareja conflictiva» y que a ella a penas la conocían «porque no salía nunca de casa». A él lo calificaron como un individuo «parco en palabras que no se relacionaba con nadie» que se pasaba el día trabajando.

También hubo algunos que comentaron que nunca había escuchado ningún grito ni ningún golpe de los que marido propinaba a la mujer, que al ser rescatada presentaba golpes y heridas por todo el cuerpo, algunas de ellas efectuadas con cuchillos. Por el momento se ignora como la mujer logró ponerse finalmente en contacto con el amigo de Alicante que se encargó de avisar a la policía, pero no podemos evitar sorprendernos del silencio que envolvió este maltrato continuado. No se trata de cargar las tintas sobre la actitud del vecindario, pero cuesta entender este tipo de aislamiento en el que vivimos hacinados, pero es evidente que nos estamos instalando en una filosofía del individualismo que nos aboca inevitablemente al fracaso como sociedad libre y de derechos.

A esos oídos sordos es a lo que algunos apelan cuando califican la violencia machista como «violencia intrafamiliar», como si fuese un asunto interno en el que los demás no debemos inmiscuirnos, en el que la sociedad debe limitarse a poner la tirita sobre corte físico o el hematoma psicológico, evitando políticas sociales que prevengan los malos tratos y ponga la venda antes de la herida. En esta lacra del maltrato, como en tantas otras, la responsabilidad es colectiva y todos estamos involucrados en en ella por acción u omisión. Puede que parezca que el «sálvese quien pueda» es un opción legítima, pero es seguro que es la peor y a veces, demasiadas veces, el silencio nos hace cómplices.

Sincronía, una sola Humanidad