Concepción Arenal, pionera española en la lucha por los derechos humanos y precursora del feminismo

Concepción Arenal Ponte vino a parar al mundo el 31 de enero de 1820 en la ciudad gallega de Ferrol, en el seno de una familia de sangre noble e ideas ilustradas. Su padre fue un militar represaliado y encarcelado a menudo por sus ideas liberales bajo el régimen despótico de Fernando VII. A causa del régimen penitenciario acabó falleciendo cuando Concepción tenía solo nueve años y la niña, junto a su madre y sus dos hermanas, se fue a vivir a Cantabria con su abuela, quién se empeñó e inculcarle una férrea formación religiosa, hasta que su madre decidió instalarse en Madrid e ingresarla en un colegio para señoritas. A los 21 años ingresó en la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Madrid, pero tuvo que hacerlo disfrazada de hombre hasta que se descubrió su verdadera identidad y el rector la sometió a un examen especial que superó con creces.

Tras esa prueba fue autorizada a asistir a las clases, pero no a las regulares, sino de una forma segregada: cada día era recogida en la entrada del claustro por un bedel que la trasladaba a un cuarto donde estaba sola hasta que el profesor de la materia que iba a impartirse la recogía para ir a la clase, donde se sentaba aparte de sus compañeros masculinos. A pesar de tan infame método, logró completar sus estudios y siguió con su desafio social, volviendo a disfrazarse de hombre para participar en las tertulias literarias y políticas de la época. En 1848 se casó con el abogado y escritor Fernando García Carrasco, que murió nueve años después, dejando a Concepción viuda y con dos hijos. Se traslada de nuevo a Cantabria donde, gracias a la influencia del músico Jesús de Monasterio, comienza a interesarse en las actividades humanitarias y acaba fundando el grupo femenino de las Conferencias de San Vicente de Paúl en la localidad de Potes.

En 1861 escribe su obra La beneficencia, la filantropía y la caridad, con la que se presenta al concurso convocado por la Academia de Ciencias Morales y Políticas, usando el nombre de su hijo Fernando, hasta que de nuevo es desenmascarada y, tras mucho batallar, consigue convertirse en la primera mujer premiada por la Academia. Poco después publica el Manual del visitador del pobre, obra que fue traducida al polaco, al inglés, al italiano, al francés y al alemán, y que llamaría la atención del director general de Establecimientos penales, Antonio de Mena y Zorrilla, y del ministro de Gracia y Justicia, Rodríguez Vaamonte, con cuyo apoyo es nombrada como la primera mujer inspectora de las cárceles de mujeres en 1864. Siguió publicando libros como Cartas a los delincuentes (1865), El reo, el pueblo y el verdugo o La ejecución de la pena de muerte (ambas en 1867), que la convierten en una destacada figura en la defensa de los presos y los desfavorecidos. En 1872 fundó la Constructora Benéfica, una sociedad dedicada a la construcción de casas baratas para obreros. También colaboró activamente en la organización en España de la Cruz Roja.

En 1869 publica su primera obra sobre los derechos de la mujer, La mujer del porvenir, en la que critica duramente las teorías que defendían la inferioridad de las mujeres basada en razones biológicas. Aunque en principio no era es partidaria de la participación de las mujeres en política por el riesgo de sufrir algún tipo de represalia y dejar abandonados el hogar y la familia, acabará afirmando que “Lo primero que necesita la mujer es afirmar su personalidad, independientemente de su estado, y persuadirse de que, soltera, casada o viuda, tiene derechos que cumplir, derechos que reclamar, dignidad que no depende de nadie”. En 1891 en el ensayo sobre El trabajo de las mujeres denuncia la escasa preparación industrial de la mujer y su desigualdad salarial. En 1895 publica su trabajo Estado actual de la mujer en España, en el que analiza la situación de las españolas en el terreno laboral, religioso, educativo, de opinión pública y moral, denunciando su marginación a causa “del egoísmo masculino”.

Falleció el 4 de febrero de 1893 en Vigo, donde fue enterrada bajo una lápida que reza “A la virtud, a una vida, a la ciencia”. Hoy es recordada no sólo como una defensora de los derechos femeninos, sino como una de las primeras reformadoras del sistema penitenciario, con conceptos tan claros como su famosa frase: “Odia el delito y compadece al delincuente”.

Sincronía , una sola Humanidad

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