Han asesinado a un profesor, han acuchillado a la libertad

Un fanático degolló la libertad de pensamiento, que viene a ser la más grande las libertades. Samuel Paty fue degollado en Conflans-Sainte-Honorine, una población cercana a París, cuando salía del instituto donde daba clase. Era profesor en Francia, un país donde la educación es laica y se queda a la puerta de los colegios e institutos, y fue asesinado por un fanático religioso. Su presunto «delito» fue haber enseñado a sus alumnos las caricaturas sobre Mahoma del semanario satírico Charlie Hebdo, que hace cinco años costaron la vida a 12 trabajadores de esa publicación en un ataque reivindicado por la organización terrorista Al-Qaeda.

Samuel murió por defender la tolerancia y la libertad de pensamiento, base de todo sistema democrático, y por hacerlo desde la principal trinchera, la escuela donde se forman los ciudadanos del futuro. Por eso estos días en Francia los lemas son «Je suis prof», «Je suis enseignant» (Soy profe, soy enseñante), como tributo a un ciudadano que «Fue asesinado porque enseñaba, porque explicaba a sus alumnos la libertad de expresión, la libertad de creer y la de no creer», como dijo el presidente francés Emmanuel Macron al dirigirse al país, recordando que se trata de un ataque contra los valores de Francia, su educación laica e igualitaria.

Quizá haya sido la situación actual de pandemia que absorbe todas nuestras preocupaciones, quizá nos estamos acostumbrando a este goteo de muertes violentas provocadas por el fanatismo intolerante, o quizá la muerte aislada de un solo profesor no cause tanto impacto como la de una docena de periodistas, pero hemos echado de menos que “Yo soy un profesor” no se haya convertido en una imagen mayoritaria en las redes sociales, como en su día se convirtió aquella de “Je suis Charlie Hebdo”. Tampoco las hemos visto en los colegios y los institutos, donde los maestros y profesores peleando contra el Covid superados por la falta de medios e infraestructuras, soportando muchas veces quejas de padres a los que no les gusta que sus hijos reciban según que enseñanzas.

El sistema público de educación no puede ser un menú a la carta según las ideas o creencias de cada uno. Debe ser un sistema consensuado entre los distintos sectores sociales, debe servir para preparar a los niños para enfrentarse a los retos del futuro, de un futuro marcado por la revolución tecnológica y del conocimiento, y debe basarse en un Pacto de Estado de Educación que permita unos planes de estudio duraderos y adaptados a la realidad. Quizá a la vista de la situación de disenso político generalizado, esta idea parezca una utopía, pero de lograrlo o no depende nuestro futuro como sociedad de progreso y de derecho.

Sincronía, una sola Humanidad

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