Cuando la discriminanción sexual apunta y el acoso escolar mata

Nerea Arceo era una chica de 17 años que el pasado 1 de octubre se quitó la vida en su pueblo de Rois, A Coruña, porque ya no pudo soportar por más tiempo el odio que cada día vertían sobre ella los intolerantes, los reaccionarios y los cobardes que la acosaron durante años. A su corta edad no se puede decir que Nerea fuese una joven llena de vida, sino más bien una joven con la vida arruinada. ¿La causa?: pretender compartir su amor y su incipiente sexualidad tanto con chicos como con chicas. Es decir, Nerea era bisexual y eso acabó llevándola a la tumba después de años de calvario, con insultos, ofensas y humillaciones continuadas.

La joven había padecido un bullying descarnado y constante en los dos últimos centros educativos en lo que había estado y además sufría acoso cotidiano a través de las redes sociales por su condición sexual. Sus acosadores no le permitían ser diferente a lo que se considera “normal”, ignorando que tanto respeto merecen las opciones mayoritarias como las presuntamente minoritarias y que la verdadera anormalidad es la capacidad de odiar a una persona por el simple hecho de no ser capaz de entenderla, y lo que es peor, convertirla en una víctima de la propia intolerancia. Juzgar gratutitamente y sin que medie motivo alguno es el paso previo al linchamiento y, como en este caso, convierte un suicidio en un asesinato social.

Las asociaciones gallegas de defensa de los derechos sexuales han hecho público un comunicado en el que afirman textualmente que “Todas y cada una de las personas que la odiaban por ser bisexual, y que se lo demostraron, son sus asesinas”. La familia ha pedido retiradamente evitar que la tragedia se convierta en un espectáculo y que tiempo habrá de exigir responsabilidades. Nosotros, la sociedad en su conjunto, debemos reflexionar sobre la pervivencia de esa lacra conocida como acoso escolar que, en demasiadas ocasiones, es vista como un mal menor “como una cosa de críos” y que se cobra cada año vidas y futuros truncados por la incompresnión, el fanatismo y la intolerancia.

La escuela debe ser un espacio de libertad y un lugar seguro paea nuestros hijos. Los profesionales de la educación deben velar por los derechos de sus alumnos y transmitirles los valores de la tolerancia, la solidaridad y la empatía. Pero todo eso no sirve de nada si desde las familias no se educa en esos valores, si nuestros esquemas sociales demuestran la contrario y si los medios de comunicación y las redes sociales son canales de difusión del odio y la intolerancia hacia el diferente, sea por motivos sexuales, raciales, religiosos o de cualquier otro tipo. Si no ganamos esa batalla, seremos una sociedad fracasada.

Sincronía, una sola Humanidad

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