Ilustres olvidadas: Sofía Casanova, la intelectual gallega que se convirtió en pionera de las corresponsales de guerra españolas

Sofía Guadalupe Pérez Casanova nació en el seno de una familia nada convencional y muy acomodada económicamente, en la aldea de Almeiras, A Coruña, el​ 30 de septiembre de 1861. Su madre había nacido en Nueva Orleans, su padre era un famoso litógrafo y ambos contrajeron matrimonio cuando la pequeña Sofía tenía ya dos años. Tras el nacimiento del tercer hijo de la pareja, el padre abandona a la familia dejándola prácticamente sin recursos, y sobreviven acogidos en el pazo de los abuelos maternos. A pesar de ello, Sofía recibe una educación esmerada en una de las mejores escuelas privadas de A Coruña.

A los 13 años se traslada a Madrid junto al resto de la familia y completa su educación en el conservatorio de la capital, donde también estudiará poesía y declamación, siempre con el apoyo del ferrolano conde de Andino, Patricio Aguirre de Tejada, quién le presentó al marqués de Valmar, que fue su introductor en la corte y en los círculos literarios, en su condición de joven poeta, permitiéndole codearse con los más granado de la intelectualidad del momento, como el crítico y diplomático Leopoldo Augusto del Cueto, el dramaturgo irlandés Bernard Shaw y las escritoras Concepción Jimeno y Blanca de los Ríos, con quién entabló una profunda amistad.

A los 15 años publica sus primeros poemas en El Faro de Vigo, gracias a que su madre los encontró en su habitación y decidió enviarlos al periódico. A los 19 ya es reconocida como una joven promesa de la poesía y comienza su carrera como actriz, actuando en el Teatro Español entre 1878 y 1882. En 1887, a la edad de 26 años, se casa con Vicente Lutolawski, un filósofo polaco que había llegado a España para recabar datos para un libro sobre el pesimismo en Europa, y Sofía le acompaña primero a Rusia y luego a la residencia familiar en Varsovia, donde la sorprendió la Gran Guerra. Eso no le impidió seguir visitando Galicia y Madrid para participar en las tertulias literarias junto a figuras como Emilia Pardo Bazán, Ramón y Cajal o Jacinto Benavente.

Como consecuencia de la carrera diplomática de su marido y sus continuos desplazamientos, los combinó con su trabajo de periodista y con su estudio de los idiomas de los países donde residió, lo que le permitió dominar varios idiomas y conocer a personalidades del mundo intelectual y político como Tolstoi o Marie Curie, cuyas opiniones sobre lo español recogió en libros y conferencias. La falta de un hijo varón propició el distanciamiento de la pareja, especialmente por parte del marido, y a los 43 años Sofía regresa a España para instalarse en Madrid y reanudar su actividad literaria, convirtiendo su casa en punto de encuentro para intelectuales gallegos como Basilio Álvarez, Alfredo Vicenti, Victoriano García Martí y Castelao.

En 1906 es elegida miembro de la Real Academia Gallega y cuatro años después publica su novela La mujer española en el extranjero. En 1913 se convirtió en la tercera mujer en estrenar una obra, La madeja, en el Teatro Español que dirigía Benito Pérez Galdos. En contradicción con el carácter independiente y aperturista de la autora, el argumento de la obra exponía la idea de que las extranjeras, con su afán de emancipación, deseaban la destrucción de la familia. Una reacción bastante habitual a finales del siglo XIX y principios del XX, contra las corrientes feministas que llegaban de Estados Unidos e Inglaterra.

En 1914, durante uno e sus frecuentes viajes a Polonia, donde viven sus tres hijas, la sorprende el estallido de la Primera Guerra Mundial. Sofía se convierte en enfermera y vive el horror de la guerra de primera mano, narrándolo como corresponsal del diario ABC en Europa Oriental. El avance de los alemanes la obliga a huir con sus hijas, primero a Moscú y finalmente a San Petersburgo, desde donde narró la muerte de Rasputín, entrevistó a Trotski y fue testigo de la Revolución Rusa de 1917. En un tiroteo recibe un golpe en los ojos que daña su visión para el resto de su vida, a pesar de lo cual no dejó nunca de escribir. Entre 1920 y 1930 regresa seis veces a España. Escribe más de cuatrocientos artículos y cuatro libros. En 1925 su nombre figura entre los candidatos españoles al Premio Nobel de Literatura.

En 1931 es testigo de la proclamación de la Segunda República Española y, convencida de que va a ocurrir lo mismo que le tocó vivir en Rusia, regresa a Polonia, desde donde asiste a la tragedia de la Guerra Civil española. A pesar de sus simpatías claramente inclinadas hacia el bando de los sublevados, siguió viviendo en Polonia, donde de nuevo asiste a otro estallido bélico, el de la Segunda Guerra Mundial, en la que asiste impotente al horror de los campos de concentración y sobrevive a la invasión nazi de Polonia gracias a la ayuda del embajador de España en Berlín. Murió en 1958, prácticamente olvidada.

Sincronía, una sola Humanidad

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