Condenados a morir en soledad

79893_620Un anciana de 78 años fue hallada muerta esta semana en su bañera en el distrito madrileño de Ciudad Lineal, su cadáver estaba momificado desde hacía al menos 14 años y la policía realizó el triste y macabro hallazgo después de que un familiar les llamara diciendo que la echaban de menos. Es difícil comprender que entendían los familiares por echarla de menos después de casi tres lustros sin dar señales de vida, pero desdichadamente no es un hecho sorprendente en esta sociedad de la prisa donde la inmediatez es una exigencia por la que se mide la eficacia de las cosas y las personas. Porque no nos engañemos, lo más probable es que nadie echó de menos a esa mujer porque nadie la necesitaba, es decir, no era socialmente eficaz y eso puede suponer demasiadas veces una condena a morir solo, olvidado e ignorado.

Así fue como murieron también dos hermanos de 70 y 74 años que fueron hallados en su domicilio de Las Palmas varias semanas después de que el menor de los dos muriese por causas naturales y no pudiese seguir cuidando de su hermano dependiente, que falleció por inanición. Otro anciano moría solo y electrocutado en el mes de diciembre de 2018 en Soria y en noviembre era localizado el cadáver momificado de un señor de 56 años que llevaba muerto cuatro años. Y así podríamos continuar enumerando casos similares, en un suma y sigue que no nos conduciría a ninguna parte, más que a refocilarnos en la charca del morbo de los detalles, como hacen a menudo muchos medios de comunicación, porque una vez lanzada la noticia, los cadáveres se sepultan junto a la realidad de un problema de que esta sociedad no quiere ver.

Cada año miles de personas mueren solas, olvidadas por todos. Somos el tercer país más envejecido del planeta, por detrás de Japón e Italia, pero nuestros cerca de ocho millones de mayores que superan el umbral de la edad de jubilación se están convirtiendo en seres invisibles que no le importan a casi nadie y mucho menos a un sistema que, cada vez más, mide a sus ciudadanos por su nivel de productividad. A pesar de que el 80% de los ancianos tiene descendientes o familiares cercanos, uno de cada cuatro no recibe nunca una visita y son miles los que malviven con problemas para pagar su vivienda y los gastos más elementales.

Tal y como alertan algunos profesionales, como como el magistrado Joaquim Bosch Grau o el forense José Manuel Arredondo, el aislamiento que caracteriza a la sociedad de principios de este siglo XXI, propicia que cada vez más personas mueran solas en sus hogares mientras sus familias y vecinos permanecen ajenas a su estado de salud o su forma de vivir. La patética prueba de ello es que en los últimos años han surgido empresas especializadas en reacondicionar y limpiar los domicilios en los que han sido localizadas personas que llevaban años fallecidas. Tenemos muchos ancianos viviendo solos y muchos jóvenes sin vivienda. Quizá habría que empezara sumar dos y dos. En estos días que cumplimos con la tradición de honrar a nuestros muertos, no estaría de más pensar en honrar también a nuestros vivos.

Sincronía, una sola Humanidad

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