Consumo de porno entre menores: menos escándalo y más educación

teenagers-tablets-learningUno de cada cuatro chicos ve porno antes de los 13 años y el primer acceso se adelanta a los 8 años. Este titular intencionado y alarmista, extrapolado del estudio Nueva pornografía y cambios en las relaciones interpersonales, elaborado por la Red Jóvenes e Inclusión Social y la Universitat Illes Baleares en base a casi 2.500 encuestas a jóvenes, es el nuevo escándalo informativo. La prensa más sensacionalista ha activado todas las alarmas y decenas de padres, educadores, psicólogos y especialistas de todo tipo han comenzado a sacar conclusiones sobre los peligros que la industria del porno, unida a la tecnología de móviles y pantallas en red, supone para la salud mental y la educación sexual de los jóvenes; una educación que, por cierto, brilla por su ausencia en la práctica totalidad de los centros educativos.

Más allá del dato, bastante excepcional, que sitúa casos puntuales de primeros visionados de porno a los 8 años, el estudio que ha causado tanto revuelo mediático no supone en el fondo una gran novedad respecto a años anteriores o incluso respecto a  generaciones anteriores, que no tenían un acceso tan fácil como el que indudablemente propicia la tecnología digital.  Según el citado informe, la edad media de inicio en el consumo de pornografía son los 14 años entre los hombres adolescentes, y de 16 años en el caso de las mujeres adolescentes, con la puntualización de que uno de cada cuatro varones se ha iniciado en el consumo de contenidos pornográficos en Internet antes de los 13 años.

Por significativa que parezca esta cifra, no está demasiado lejos de la edad de inicio de generaciones predigitales. Las fotos de escenas sexuales y las revistas porno, han circulado por los colegios españoles desde hace décadas (casi tanto como los cigarrillos) y han sido causa de más de un castigo escolar, posterior a la vergonzante requisa. No se trata con este apunte de quitarle importancia a los datos, ciertamente preocupantes, sino de rebajar el nivel de escándalo, que a nada conduce, y de tratar de analizar los hechos friamente en busca de soluciones a un mal que en ningún caso es responsabilidad de los menores, sino culpa de la voracidad lucrativa de los adultos.

En las última décadas hemos convertido a los niños y niñas en consumidores voraces e indefensos de una industria del ocio que les retrata como adultos prematuros y que abarca desde las series infantiles de televisión, la moda, la música y, lo más reciente, los videojuegos y las redes sociales interactivas tipo Musical.ly, Vine, YouTube, Snapchat o Instagram, en las que se les empuja a una desesperada búsqueda de reconocimiento público, en muchos casos con peligrosos efectos. El porno y su consumo entre adolescentes no se inventó ayer, pero lo que sí hemos creado ahora es un sistema de difusión descontrolado a través de terminales de móviles, tablets y similares, cuya venta se potencia entre los niños a una edad cada vez más temprana.

La escandalizada preocupación de los medios de comunicación respecto al consumo de pornografía entre adolescentes durará lo que tarden en descubrir una nueva noticia sensacionalista que les permita seguir vendiendo periódicos y programas. Pasará la ola y quedará la resaca de fondo: unos jóvenes desinformados, sin otra educación sexual que el negocio de la pornografía creado para el lucro de los adultos, unos adolescentes sin la suficiente comunicación con sus padres para poder orientarse en algo tan básico y fundamental como el inicio de su sexualidad y unos estudiantes que no reciben en sus colegios la educación sexual adecuada porque, a pesar de los pesares, ese es un tema en el que pesan tabús y condicionantes morales y religiosos casi ancestrales.

El sexo, lo mismo que la violencia, las drogas o las ideologías tóxicas, están ahí, al alcance de cualquier menor por una u otra vía. De los adultos depende que su conocimiento se produzca de la forma adecuada, controlada, inteligente y con el asesoramiento necesario de padres y profesores. Los escándalos y las prohibiciones a ultranza suelen producir los efectos contrarios a los deseados.

Sincronía, una sola Humanidad. Por un Pacto que cree un nuevo Sistema Educativo 

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