Lily, la mujer que un chulo mató a golpes y toda una sociedad asesinó con su indiferencia

collage_robadors_9_1200x480Lily murió el pasado viernes a causa de los golpes, las vejaciones, violaciones y el maltrato continuado de todo tipo que sufría desde hacía al menos cinco años. Pero Lily no figura en las listas oficiales de mujeres víctimas de la violencia de género porque era prostituta y la causa oficial de su muerte figura en los papeles es la leucemia, aunque fuesen la última paliza de su chulo la que la condujo al hospital Parc de Salut Mar de Barcelona donde falleció tras varios días de agonía, sola y olvidada por todos en una ciudad en la que vivió la más brutal de las pesadillas.

Lily no se llamaba Lily. Ese era el nombre con el que la conocían algunos vecinos de la calle Robadors del barrio del Raval, el antiguo Chino rebautizado en la Barcelona del turismo global, que mantiene el lumpen de prostitución que lo ha caracterizado desde siempre. Allí vendía su cuerpo durante más de catorce horas diarias, explotada por un chulo que sistemáticamente le daba unas palizas tan brutales, que dejaron una huella imborrable en su costillas. Fueron cinco años de vejaciones, golpes, hambre, frío, insultos, miedo y humillaciones que Lily aguantó en solitario por una sola razón: sus hijos, dos niños pequeños que la mafia que la explotaba mantenía secuestrados en su Rusia natal.

Los vecinos del Raval la recuerdan como una mujer solitaria, sin contacto apenas con las otras prostitutas de la zona, siempre marcada por los golpes y la aflicción que no le impedía sin embargo volcar su cariño con los niños del barrio, en los que seguro que depositaba el amor que un caterva de chulos sin entrañas le había impedido volcar en sus hijos. Lily vivió un infierno, atrapada en una espiral de miedo y burocracia. Pidió socorro a las entidades del barrio que pusieron su situación en conocimiento de la policía y las autoridades municipales, que alegaron estar atados de pies y manos al no existir una denuncia.

Resulta difícil imaginar a Lily esquivando la vigilancia de su chulo y poniendo una denuncia que a buen seguro le hubiese costado otra paliza salvaje. Por contra, resulta fácil responsabilizar a las instituciones públicas del distrito por conocer su situación y no actuar. Pero llegamos tarde. Buscar culpables sólo nos puede ayudar a nosotros como sociedad para descargar nuestra parte de responsabilidad colectiva. Porque la muerte de Lily es una vergüenza para todos, excepto quizá para las decenas de vecinos que la ayudaron en lo que pudieron mientras trataban de seguir adelante con sus complicadas vidas al borde de la exclusión.

En la muerte de Lily podría aplicarse tristemente aquel viejo refrán que decía “entre todos la mataron y ella sola se murió”. La mataron los golpes del animal que la explotaba, pero también la mató la complicidad de los puteros que usaron su cuerpo lacerado como el de un animal sin sentimientos, la falta de empatía de quienes miraron hacia otro lado y la insolidaridad colectiva de una sociedad que sigue permitiendo que en sus calles miles de mujeres sean tratadas como animales para satisfacción de unos y enriquecimiento de otros.

Sincronía, una sola Humanidad

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