Geniales y olvidadas: María Moliner, la mujer con la que la lengua española tiene una eterna deuda

A1-49928519.jpgMaría Juana Moliner Ruiz vino al mundo en Paniza, Zaragoza, el 30 de marzo de 1900. Hija de un médico rural, apenas pasó dos años en el pueblo ya que en 1902 su padre se trasladó a Madrid y María tuvo la fortuna de poder estudiar en la Institución Libre de Enseñanza, el innovador proyecto educativo creado a finales del siglo XIX por Julián Sanz del Río y que tuvo una repercusión fundamental en la vida intelectual española con figuras como Leopoldo Alas (Clarín), José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Ramón Menéndez Pidal o Antonio Machado, entre otros muchos.

Allí nació el interés de María interés por la lingüística y la gramática, pero cuando tenía 14 años su padre se marchó a América, abandonando a la familia que tuvo que regresar a Aragón, donde la joven decidió tomar las riendas familiares y comenzó a trabajar dando clases particulares de latín, matemáticas e historia mientras concluía sus estudios de bachillerato en el Instituto General y Técnico de Zaragoza. A fuerza de tesón y autodisciplina se formó y trabajó como filóloga y lexicógrafa en el Estudio de Filología de Aragón desde 1917 hasta 1921, años en los que colaboró en la realización del Diccionario aragonés de dicha institución.

Esa experiencia fue la base de su futuro trabajo como lexicógrafa y para llevar a cabo el trabajo de su vida, el Diccionario de uso del español que acabaría publicando en dos grandes volúmenes en 1966 y 1967. Antes se licenciaría con brillantes calificaciones en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, ganaría las oposiciones para el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos y desarrollaría una brillante carrera como archivera y bibliotecaria, colaborando en iniciativas tan revolucionarias en el ámbito académico como las Misiones Pedagógicas de la Institución Libre de Enseñanza, la creación del proyecto Bibliotecas rurales y redes de bibliotecas en España puestas en marcha por la Segunda República Española.

Tras la guerra ella y su familia serían depuradas por su adhesión al gobierno de la República y María abandonaría la primera línea de la vida intelectual para pasar a un discreto plano en la Biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid, de la que llegaría a ser directora hasta su jubilación en 1970. Pasó los últimos años de su vida trabajando en la ampliación de su diccionario, que para entonces se había convertido en el de mayor uso y prestigio de la lengua española, por encima incluso del de la Real Academia de la Lengua, donde María Moliner no llegaría a entrar nunca, en una de las más flagrantes injusticias que se ha cometido en la cultura española.

En 1973 la Academia trató salvar la cara otorgándole el premio Lorenzo Nieto López «por sus trabajos en pro de la lengua», un magro y cicatero reconocimiento a quién había impulsado en solitario una obra que competía de tu a tu con el propio diccionario de la RAE. Sirvan esta líneas como nuestra entusiasta homenaje en el aniversario de su nacimiento a una mujer tan genial como injustamente olvidada.

Sincronía, una sola Humanidad

 

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