Jack London, el escritor que se autoeducó leyendo en la biblioteca pública

jack-londonokEl autor de obras tan influyentes en la juventud mundial del siglo XX como La llamada de la selva, Colmillo blanco o Martin Eden, es un ejemplo de superación personal a través del acceso a la cultura y de la importancia de las bibliotecas y los centros culturales públicos que, por cierto, en estos tiempos están bastante olvidados por parte de las autoridades políticas. Nació en San Francisco el 12 de enero de 1876 como John Griffith Chaney, hijo de madre soltera, aunque años más tarde se enteraría de que su padre era probablemente un famoso astrólogo llamado William Chaney, cosa que este negó categóricamente hasta su muerte.

El caso es que el joven Jack Londo se crió en la miseria, sin poder acudir apenas a la escuela y optó por refugiarse de los rigores callejeros en la biblioteca de su ciudad, donde un buen día descubrió la novela Signa, de la escritora Ouida (pseudónimo de la novelista inglesa Marie Louise Ramé), en la que se cuenta cómo un joven campesino italiano sin estudios escolares llega a alcanzar fama como compositor de ópera, historia que hizo germinar en London las ansias de convertirse algún día en escritor.

A los 17 años se embarcó en la goleta Sophia Sutherland, rumbo a Japón, de donde regresó en los turbulentos últimos años del siglo XIX para convertirse primero en trabajador temporero y luego en vagabundo, actividad que llevó a pasar una corte temporada en prisión. A la salida de la cárcel publicó su primer relato, Un tifón en las cotas del Japón, y se dedicó en cuerpo y alma a intentar entrar en la Universidad de California, lo que consiguió tras ímprobos esfuerzos a base de estudiar por su cuenta, usando como en sus días infantiles, los recursos que las bibliotecas públicas ponían a su alcance.

Sin embargo los problemas financieros le obligaron a abandonarla en 1897 y nunca llegó graduarse. decidió no rendirse y mientras trabajaba de doce a dieciocho horas al día en una conservera de pescado siguió escribiendo y publicando hasta que ahorró lo suficiente para comprarse una pequeña embarcación y dedicarse a la pesca de ostras, un oficio que acab´ço abandonando para convertirse en buscador de oro en Alaska, de donde sacó el material para sus obras más famosas.

En 1989 regresó a Oakland y se convirtió en impresor, un nuevo oficio en el que luchó contra viento y marea hasta que su carrera como escritor se encauzó con la publicación de su novela El Gato Negro. Además tuvo la fortuna de que las nuevas técnicas de impresión surgidas a principios del siglo XX le permitieron ganar dinero con revistas populares y pudo dedicarse a escribir y a viajar por todo el mundo, su actividad favorita. Tras una larga y exitosa vida como escritor y aventurero, falleció en 1916 dejando un importante legado cultural que hoy es patrimonio universal y del que se puede disfrutar en las mismas instituciones que permitieron que un día, un niño condenado a la pobreza pudiese tener acceso a la cultura: las bibliotecas.

Sincronía, una sola Humanidad

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