Javier Orrico: “Los profesores de instituto deben volver a ser los universitarios mejor preparados, como en los 70 y los 80”

FOTO OPINIÓN. javier-orrico. COPIA SINCRONÍAEntrevista a Javier Orrico, catedrático de instituto y periodista, con 34 años de experiencia en el ámbito educativo, en la especialidad de Lengua y Literatura Españolas.

Trabajó en el Diario 16 de Murcia como editorialista y jefe de la sección de Opinión y hace un cuarto de siglo que colabora como columnista en diversos medios.

 

 

En esencia, ¿qué ha querido contar en su libro “La tarima vacía”?

Una explicación de lo que ha pasado y por qué ha pasado en la enseñanza española en el periodo democrático, sobre todo a partir de la LOGSE de 1990, que es la ley que nos ha llevado al desastre actual. Los españoles tienen derecho a saber lo que ha ocurrido, cuáles son las causas de lo que perciben como crisis inacabable, la razón de las muchas cosas que no entienden y que afectan gravemente a la instrucción de sus hijos. Y miren que digo instrucción, y no educación, primer engaño, porque la educación la deberían poner ellos, los padres, las familias. Hay mucho ruido y poco conocimiento, incluidos los medios de comunicación, devorados por el esnobismo y una grave ignorancia sobre estas cuestiones. Esta situación es lo que llamo en el libro “el desconcierto: nadie sabe ya cuál es su función ni a qué principios atenerse.

Es su segundo libro sobre el sistema educativo español… desde esa experiencia ¿cuáles son los principales problemas de la educación en nuestro país?

Sí, el primero fue “La enseñanza destruida” (Madrid, 2005). En aquel denunciaba todo lo que ya empezaba a manifestarse como consecuencia de la ley y las políticas aplicadas hasta entonces (la LOGSE socialista, que la derecha ayudó a implantar). Allí denunciaba asuntos como la eliminación del conocimiento como objetivo de la enseñanza; el igualitarismo, empezando por el ataque a los cuerpos de profesores de bachillerato y la supresión del cuerpo de catedráticos, a los que se consideraba “élite”; la disgregación del sistema por la cesión a las comunidades; y, sobre todo, el extraordinario perjuicio que estas políticas supuestamente progresistas estaba causando a las clases menos favorecidas. Aquel libro de alguna manera se adelantó a su tiempo, aunque también encontró un gran eco entre quienes ya habían comenzado a sufrir las consecuencias del sistema. Sin embargo, lo que entonces se apuntaba hoy lo corrobora todo el mundo, menos los fanáticos (pedagogos, psicólogos, sociólogos, profesores de universidad profundamente ignorantes de aquello sobre lo que pontifican) que habían diseñado el sistema y propiciado su implantación. Lo dije entonces y lo sostengo ahora: el progresismo educativo es lo más reaccionario que le ha caído a España en medio siglo.

Así pues los problemas a que ahora nos enfrentamos no son más que el resultado de esos disparates, con daños y vicios muy arraigados y difíciles de extirpar. Voy a señalar sólo algunas de las cuestiones que abordo en “La tarima vacía” y les invito a leer el libro, donde intento profundizar en estas y muchas otras cuestiones: (1) La destrucción del mérito como eje del sistema, tanto entre los alumnos como entre los profesores. (2) La pérdida del clima de estudio a causa de la descalificación de los conocimientos como objetivo de la enseñanza. Ese es el caldo de cultivo de la violencia y el acoso. (3) La obsesión innovadora, la innovación por la innovación, olvidando que el saber es precisamente una tradición a la que servimos como transmisores. (4) El descrédito de los profesores, tarea en la que han actuado al unísono la Administración, algunos padres y los teóricos de la pedagogía. (5) El altísimo porcentaje que tenemos de abandono temprano y de NI-NIS: no se les ha entrenado para interesarse por el saber, para amar el estudio o superar obstáculos. (6) La feroz burocratización. (7) Y, por supuesto, la politización, con una izquierda encastillada en sus errores y dogmas, y una derecha incapaz de hacerle frente. Seguramente porque sospecha que, gracias a tan progresista sistema, sus intereses están a salvo.

¿Por dónde pasan las soluciones para mejorar nuestra enseñanza?

Lo imprescindible es recuperar el principio de mérito. No se puede mantener que los alumnos pasen de curso sin aprobar, no tanto por lo que saben o no, que por supuesto, sino porque el ejemplo es atroz; ni que un candidato a profesor con un nueve en el examen no obtenga plaza y se la hayan llevado, durante muchos años, personas que ni superaban el examen, sólo por su supuesta experiencia. Los profesores de instituto deben volver a ser los universitarios mejor preparados, como era en los setenta y los ochenta. Y hay que cambiar radicalmente la formación de los maestros de primaria porque sólo estudian didácticas; o mejor, cerrar las facultades de Educación y Pedagogía y rehacer la escuelas de Magisterio. La distancia entre los viejos maestros y los nuevos es abismal en cuanto a preparación. El innovacionismo vacío ha destruido la primaria y por eso los chicos se estrellan cuado llegan al instituto. Habría que volver, además, a que permanecieran en la escuela (una escuela que instruyera de verdad) hasta los catorce años y, desde ahí, diversificar los caminos y potenciar la FP frente a un bachillerato que debería ser minoritario. Por mantenerlos a todos juntos lo único que se ha conseguido es arrojar al 25% a la nada.

Hay, pues, que volver a la exigencia y a los conocimientos, a las oposiciones puras y duras desde la primaria a la universidad, con cuerpos nacionales de profesores, oposiciones iguales en todas partes y currículos sencillos, claros e iguales para acabar con el cantonalismo educativo, que es la vía principal hacia el fin de España. Y además implantar verdaderas reválidas nacionales que garanticen la homologación de los títulos, y no los sucedáneos de la LOMCE, que no sirven para nada. A los fundamentalistas de la falsa izquierda se les olvida que el único modo de igualar los títulos de la enseñanza privada y de la pública, de garantizar niveles iguales de conocimiento en toda España y el dominio de la lengua común, el español, que es también el que garantiza la igualdad, es precisamente el de las reválidas nacionales. En unos años, los jóvenes catalanohablantes ya no podrán salir de allí. Habrán vuelto, en efecto, al Ancien Regime. Y, por último, y lo más importante, una vez seleccionados los mejores profesores, hay que darles autonomía, respetar su libertad de cátedra, dejar de mandarles comisarios ignorantes, exigirles resultados, por supuesto, y confiar en ellos. Libertad y responsabilidad. No hay modo de que ningún sistema funcione si los profesores no creen en él y no se les deja trabajar. Los padres deberían darse cuenta del daño que se hacen mandando a sus hijos a instruirse con profesionales de los que recelan, lo que inevitablemente transmiten a sus vástagos. Y eso nada tiene que ver con la impunidad de los malos profesionales.

Se manejan mucho nuevos conceptos como neuroeducación o educación emocional, pero casi nadie los concreta: ¿son soluciones reales o meras formulaciones teóricas?

Charlatanería, con la que mucha gente se está haciendo de oro. ¿Pero quiénes se han creído que son para dirigir algo tan íntimo como las emociones o los sentimientos? La sentimentalidad es una visión del mundo y yo prefiero que se la eduquen Cervantes o Flaubert, antes que el primer mangante que se monta un canal de vídeo. Me recuerdan a los curas que iban a decirnos que no hiciésemos cosas feas.

¿Hacia qué modelo educativo debemos ir?

Un modelo que recupere el amor por la cultura. Un modelo que sepa que sólo el conocimiento nos hace libres.

¿La educación es víctima de una crisis de valores? ¿Qué nuevos valores hay que adoptar y cuáles hay que recuperar?

La educación es víctima de unas ideas equivocadas y de la renuncia de los adultos a transmitir los buenos valores que heredaron, en la creencia errónea de que todos eran propios de una sociedad autoritaria e intolerante. Ha sido un golpe de péndulo, como en tantas otras cosas que han ocurrido en España, y de las que seguramente no vamos a tomar conciencia hasta llegar al límite de la autodestrucción. Pero los principios de responsabilidad personal, de esfuerzo, de perseverancia, de voluntad, de compañerismo, de mérito y recompensa, de rebeldía frente al matonismo de lo que llamábamos ‘abusones’, de apoyo a los débiles, de rectitud y respeto a los mayores que nuestros padres nos inculcaron son el fundamento de cualquier sociedad sana. Y, por tanto, los imprescindibles para educar y para instruir. Y estos son los mejores valores de siempre. Sólo faltaría que la sociedad adulta y el Estado apoyaran la justicia, protegieran a los que cumplen y reprendieran de verdad a los que se aprovechan del abandono y el miedo para imponer la ley del más fuerte en las aulas. Y en la vida.

¿La aplicación de las llamadas nuevas tecnologías es la adecuada en nuestros centros escolares?

Otro Bálsamo de Fierabrás. Perdón por la cita. Ya hay que pedir perdón por cualquier cita. Me refiero a que afirmar que las llamadas TIC iban a arreglar el hundimiento de los niveles de formación de nuestros jóvenes ha sido otro más de los engaños de los defensores del sistema (encima se creen antisistema, cuando son el ‘establishment’ en estado puro). Y de los más gordos, pues supuso un gran negocio para algunas empresas. Las TIC son medios preciosos e insoslayables, pero no son la finalidad de la enseñanza. Y, como todos los medios, son inútiles si se manejan desde la ignorancia. Los ‘expertos’ y los ‘ticnólogos’ están empeñados en esa confusión entre los medios y los fines, pues esa es la única justificación de su presencia como gurús enredando en la enseñanza.

¿Cuál es el papel del profesorado en todo este proceso de renovación educativa?

Ustedes mismos caen en la trampa. ¿Por qué tiene que haber una “renovación” educativa, si desde que estamos ‘renovando’ vamos hacia atrás? Hay que volver a lo mejor de nuestra tradición educativa. Y dejarse de mentiras, cuando dicen que los que defendemos estas posiciones sólo queremos volver a la lista de los reyes godos, que yo ya no estudié en los años sesenta y setenta. Renovar, en muchos casos, sería volver a cosas mucho mejores que lo que vino luego. En mi generación enseñábamos Literatura con comentarios de texto y leyendo sin parar obras esenciales y enseñando a interpretarlas a nuestros alumnos, y quizás debimos también poner un poco más de énfasis en la memorización, tan denostada y tan necesaria cuando se usa como medio y no como fin.
Hoy, gracias a los innovadores, el estudio de la gran Literatura ha muerto, y ya no se lee o se leen chorradas neoinfantiles que dan vergüenza por su simpleza. Todo lo que presentaba la menor dificultad ha sido eliminado. Y luego se sorprenden de que los chicos no entiendan lo que leen. ¿Qué más da que sean muy hábiles en los videojuegos si cometen horribles faltas en cuanto les quitas el corrector o no saben buscar porque carecen de conocimientos?

Hemos tenido siete leyes de educación desde la transición democrática ¿Cómo afecta eso a la calidad de la enseñanza?

Siento contradecirles: sólo hemos tenido una, la LOGSE. Todas las demás sólo son reescrituras. Incluida la LOMCE, incapaz de desmontar el sistema, y que hasta ha consistido en escribir sobre la LOE, que tampoco era más que la LOGSE sin GS. La estructura, las políticas de profesores, las concepciones pedagógicas, el descuartizamiento autonómico son exactamente los mismos desde hace 27 años. Incluso han ido a peor.

¿Hasta qué punto es importante lograr un consenso educativo? ¿Es posible ese consenso?

Sí, porque la derecha aceptará al final las imposiciones de la izquierda y los nacionalistas, siempre de la mano, que les garantizarán a su vez la continuidad de la enseñanza privada concertada y de las universidades privadas. La izquierda y los nacionalistas se quedarán con la pública (y en Cataluña y País Vasco, con la privada también). Y ese va a ser el consenso: que nos moriremos con más LOGSE amañada y disfrazada de palabrería para seguir engañando a la gente. A la que, por cierto, le encanta que la engañen, siempre que le garanticen la promoción automática y títulos para todos.

Sincronía, una sola Humanidad, campaña por un Pacto de Estado en Educación.

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