De la sociedad del espectáculo a la tosquedad del ocio

destacada_cineOcho de cada diez españoles no pisa un museo ni por error, casi los mismos que tampoco entran nunca en una biblioteca, pero sí utilizan whatsapp o acceden a las redes sociales a través del móvil. Las librerías son unas prácticas desconocidas para la mitad de la población, que tampoco entra jamás en un cine. Como era de sospechar, nuestro lugar de ocio favorito es el bar, el pub o la discoteca, aunque las cifras tampoco es que sean espectaculares: solo cuatro de cada diez afirman que frecuentan los bares con asiduidad. Eso es lo que dice el último estudios del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS)que deja un desolador panorama cultural, y no precisamente por nuestra afición al sector hostelero, sino por el nulo interés que demostramos hacia todo lo que huela a cultura y desarrollo del conocimiento. Y en buena medida la culpa es nuestra, porque hemos acabado eligiendo el ocio frente a la cultura y hemos primado la comodidad frente al esfuerzo.

En 1967, Guy Debord, uno de los fundadores del movimiento situacionista, publicó La sociedad del espectáculo, en el que vaticinaba el reinado autocrático de la economía mercantil y sus nuevas técnicas de gobierno mediante la manipulación informativa. Eran los días de la erupción de nuevas ideas que estallaron en el Mayo del 68 y la información-espectáculo andaba con chupete. Quince años antes, en 1952, el periodista norteamericano Ed Murrow lanzó la advertencia de que la información en televisión estaba a punto de ser dominada por el espectáculo. Murrow ganó su pulso y logró vencer al ultraconservador senador J.R. McCarthy, el de la anticomunista caza de brujas. (La historia puede seguirse en la película Buenas noches y buena suerte). Pero al final, la predicción del periodista se ha visto cumplida de sobras.

Pero ni sus más desvariados vaticinios se hubiesen acercado al refinamiento manipulador de este principio de siglo, en el que la saturación de datos ha sustituido a la información, el rumor ha aplastado al rigor y la cultura ha sido reducida al mero ocio. La sociedad kleenex también ha convertido el acceso al conocimiento en un producto sin valor, un objeto de consumo para usar y tirar. Ha triunfado la cultura del deshecho, del subproducto y los medios de comunicación son un escaparate de banalidad, cuando no de pura difusión de la garrulería y la incultura, camufladas como naturalidad y espontaneidad.

Es absolutamente inútil que nos esforcemos en mejorar nuestro sistema educativo – cosa que estamos bastante lejos de hacer, por cierto – si nuestros niños, esos que recurrentemente calificamos como ‘el futuro de nuestra sociedad’, reciben a través de los medios de comunicación (especialmente televisión e internet) constantes ejemplos de actitudes competitivas, insolidarias, homófobas, xenófobas, machistas y enaltecedoras de la ignorancia en general. Puede que suene a verdad de perogrullo, pero para darle la vuelta a esta tortilla hace falta que todos agarremos la sartén por el mango. Al fin y al cabo, son los medios de comunicación los que dependen de nosotros, sus queridos consumidores, aunque habitualmente parezca exactamente lo contrario.

Sincronía, una sola Humanidad

Por un Pacto de Estado en Educación

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