El naufragio de Europa

NaufragioCuenta la leyenda que Europa era una belleza de Tiro, una ciudad del actual Líbano, a la que Zeus engañó disfrazado de toro blanco para raptarla y convertirla en la reina de Creta. Si la mitología no hubiese pasado de moda, hoy la leyenda contaría que andando los años esa joven y seductora mujer se ha convertido en una vieja arrugada y temerosa, en una harpía sin sentimientos, que intenta maquillar su decrepitud ignorando la muerte y desolación que la rodea.

El Mediterráneo, el mar que baña Creta y Tiro, las dos ciudades originarias de Europa, se ha convertido en un cementerio de muertos anónimos, de desesperados que tratan de alcanzar la, para ellos, seductora Europa. Más de 3.200 personas han muerto ahogadas en sus aguas desde que hace un año, en el naufragio de Lampedusa, murieron ahogadas más de 800 personas a 120 millas de las costas italianas

La indignación y el horror saltaron por unos pocos días a los titulares de la prensa y el presidente del Gobierno Español, Mariano Rajoy, resumió en una frase el llamado ‘sentir general’: “Ya no valen las palabras, hay que actuar”. Lo malo es que ahí se quedó la cosa. Ni Rajoy ni ninguno de sus colegas europeos movieron un dedo. Otros muertos sustituyeron a aquellos ahogados, las tragedias humanas se sucedieron y la oleada de refugiados creció al mismo ritmo que la vergüenza de una Europa incapaz de aplicar el espíritu que un día la convirtió en la cuna de las libertades y los derechos fundamentales.

Hoy la tragedia llama otra vez a la puerta de las primeras páginas. Según la denuncia de un diplomático somalí en Egipto, 400 emigrantes y refugiados procedentes de Somalia, Etiopía y Eritrea han desaparecido en el mar frente a las costas egipcias cuando trataban de llegar a Italia. Lo peor es que esta vez ni siquiera hay palabras grandilocuentes. Los políticos europeos están demasiado ocupados en mantener en pie un artificio de sociedad moderna y desarrollada que comienza a hacer aguas por todas partes. Las mafias de traficantes de personas campan a sus anchas y lo único que Europa hace bien es mirar hacia otro lado, cuando no enfangarse en la mezquindad de engañarse a si misma.

Porque, además de ciega, sorda e insolidaria, Europa, esa vieja harpía, también es roñosa. Según las ONG que trabajan con refugiados, los países ricos inflan sus cifras de ayuda al desarrollo con el gasto de la acogida de refugiados. Oficialmente el año pasado aumentaron sus fondos de Ayuda Oficial al Desarrollo un 6,9%. Pero ese incremento no se ha notado en los países pobres en la misma magnitud porque gran parte de ese dinero ha sido invertido en su propia casa, en la acogida de refugiados, que por cierto, es una mínima parte de la que es necesaria y de la que hace casi un año la otrora Bella Europa se comprometió a realizar. Ahora, la Vieja Europa, prefiere devolver a los refugiados al infierno del que huyen y seguir mirándose en un espejo que la engaña cada día.

Sincronía, una sola Humanidad

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