Aylan sigue muriendo cada día a las puertas de nuestra casa

Alan_Kurdi_Graffiti¿Se acuerdan de Aylan? Sí, efectivamente, aquel niño de tres años con una camiseta roja y un pantaloncito azul, ahogado en una playa turca cuando intentaba refugiarse en Europa

Fue hace siete meses y seguro que casi todos seguimos teniendo la imagen en la mente, si nos lo recuerdan, claro. Pues hoy hemos sabido que desde ese día otros 357 niños, más de uno diario, han muerto ahogados entre Grecia y Turquía, eso que sepamos. Es terrible la diferencia entre el desasosiego generalizado ante aquella muerte y la ignorancia casi absoluta de las otras. La llamada crisis de los refugiados es de tales dimensiones que nos hace perder de vista las insoportables tragedias personales y el tiempo las convierte en soportables, a nuestro pesar.

Es más, si Aylan no hubiese muerto hace siete meses hoy estaría helándose de frío en un miserable campamento de refugiados, o de vuelta a Turquía, camino de nuevo hacia el horror de la guerra, o incluso peor, podría ser uno de los 10.000 niños refugiados que han desaparecido en Europa desde el comienzo del conflicto, muchos de los cuales han acabado en manos de las mafias esclavistas y las redes de prostitución. Ese fue también otro día de sobresalto. De pronto todos nos horrorizamos al saber que en nuestra propia casa estaban esclavizando a niños que llegaban buscando protección y a los que habíamos ignorado por completo. Fue el 31 de enero, hace poco más de dos meses, y ya nadie se acuerda de eso, como nadie se acordará dentro de dos meses de que niños que sobrevivieron al terremoto de Nepal han sido vendidos en Gran Bretaña para trabajar como esclavos en el servicio doméstico.

Nunca habíamos recibido tanta información sobre lo que sucede a nuestro alrededor y nunca habíamos sido tan indiferentes. Quizá la repetición de las noticias nos lleve a la banalización de los hechos que cuentan, o quizá sea todo lo contrario y en realidad sabemos muy poco de lo que está sucediendo, del día a día de los refugiados, de la verdadera causa de ese miedo que les lleva a abandonarlo todo y jugarse la vida para venir a una Europa que los mira temerosa, asustada de perder parte de su bienestar y dispuesta a suicidarse perdiendo sus valores elementales. Quizá este artículo se quede en un prédica en el desierto del cabreo y el hartazgo, pero si no hacemos algo y pronto, nos convertiremos en una sociedad fracasada, incapaz siquiera de cuidar y proteger a los niños.

Sincronía, una sola Humanidad

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