VIAJE A LA ESCUELA DEL SIGLO XXI. Así trabajan los colegios más innovadores de mundo

ViajealaEscuelaEl autor de este trabajo sobre el momento crucial en que se encuentra nuestro sistema educativo, Alfredo Hernando Calvo, ha realizado en viaje por los distintos experimentos de innovación educativa que se están realizando en distintos puntos del planeta. Recoge la experiencia de centros españoles como el centro de formación Padre Piquer de Madrid, que utiliza aulas cooperativas en las que colaboran profesores y alumnos. O el concertado Montserrat de Barcelona, que aplica la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner,  las Innova Schools de Perú y el Ørestad Gymnasium de Dinamarca.entre otras innovaciones

El mundo digital está transformando la sociedad y es precisamente en el ámbito de la educación donde su impacto es mayor. Una enseñanza basada únicamente en la transmisión de información no es una educación para el siglo XXI. La realidad obvia es que las nuevas generaciones deben utilizar modos diferentes de trabajo en el aula, ser capaces de extraer conocimientos relevantes de la información que nos rodea, aprender de manera colaborativa, y desarrollar competencias y nuevas habilidades.

Este libro sirve de guía para aproximarnos a los nuevos retos y conocer algunas de los soluciones que se están aplicando en distintos países del mundo, porque el cambio en el sistema y los nuevos planteamientos educativos son absolutamente universales.

“VIAJE A LA ESCUELA DEL SIGLO XXI. Así trabajan los colegios más innovadores del mundo”, fue publicado en enero de 2015 por Fundación Telefónica y es una recomendación que hacemos dentro de nuestra campaña por un Pacto de Estado en Educación.

Sincronía, una sola humanidad

 

 

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El territorio del horror

nino_sirio_con_chubasquero_esperando_en_serbia_720x480Según la ONG Save The Children, el año pasado entraron en Europa 26.000 niños no acompañados, que se tuvieron que enfrentar solos a un viaje donde la muerte y la desesperación son las compañeras más habituales y luego han tenido que subsistir a la miseria, la violencia y la enfermedad. Ahora sabemos además que tuvieron que enfrentarse a los peores de depredadores: los traficantes de personas. La policía ha dado la voz de alarma: hay más de diez mil niños desparecidos. A parte de los que han tenido la suerte de poder llegar al hogar de un familiar, hay algunos miles que se sospecha que podrían estar siendo explotados sexualmente y Europol tiene pruebas de algunos que sí lo están. No sabemos cuantos son esos algunos, probablemente muchos, pero la sola idea de un niño prostituido debiera sublevarnos hasta lo insoportable.

Las instituciones europeas están perdidas en un infame regateo entre países y la ayuda solidaria de la sociedad civil llega concuentagotas. Sin recursos ni una organización decente, los campamentos de refugiados europeos se han convertido en sitios completamente inseguros, pasto de la rapiña de las mafias de todo tipo, capaces lo mismo de vender un chaleco salvavidas que no flota a un niño de diez años, que de convertir en esclava sexual a una niña de nueve, o viceversa. Y eso está pasando dentro de nuestras fronteras. Porque son nuestras fronteras, lo fueron para bien en los años de vacas gordas, viajes turísticos, subvenciones a la agricultura y estudios en el extranjero; y lo son ahora en los tiempos duros de la emigración en precario, la crisis y la desconfianza mútua.

En nuestro particular sálvese quien pueda nos estamos olvidando de gestionar una catástrofe humanitaria con miles de muertos y cientos de miles de personas olvidadas a la intemperie en los campos de Europa, expoliados de sus escasos medios de subsistencia, vagando por pueblos y ciudades los más afortunados. Hemos olvidado que huyen de ciudades que hemos visto arrasadas en los informativos, donde el hambre se cobra vidas y la violencia se ceba en las mujeres y los niños. Estamos ignorando un problema que, más antes que después, nos estallará en la cara con unas consecuencias en buena medida imprevisibles, pero pésimas con absoluta seguridad, como el niño que cree que tapándose con la sábana ya está protegido de los fantasmas del exterior.

Cuando los titulares repetitivos nos habían comenzado a anestesiar sobre las noticias casi diarias sobre niños ahogados cuando intentaban llegar a Europa, nos sobresalta un nuevo horror: en nuestras calles, en nuestros pueblos, en los campamentos de refugiados que tenemos obligación de cuidar y vigilar, los mercaderes de carne humana están robando niños para usarlos como mercancía. Y lo están haciendo con una impunidad de la que todos somos responsables. Europa se ha convertido en el territorio del horror para miles de niños que huían del terror. ¿Hasta cuando podemos seguir mirando hacia otro lado?

Sincronía, una sola Humanidad