Un suicidio colectivo

vela

Un suicidio en Navidad no es lo mismo que en otro día cualquiera y menos si la culpa nos salpica a todos. El 25 de diciembre, mientras el país entero celebraba fiestas navideñas, Alan, un chaval de 17 años decidía acabar con el acoso cotidiano que sufría, quitándose la vida. Los titulares de prensa se llenaron de indignación e interrogantes. ¿Qué había en el suicidio de Alan que lo diferenciase del silencio que envolvió los miles de suicidios que se produjeron este año agonizante? Varios detalles: primero, el hecho de que Alan fuese un transexual luchador que había conseguido que la justicia autorizase su cambio de nombre en el DNI, una triste hazaña en una sociedad del siglo XXI que empieza a parecer de todo menos moderna; segundo, que los culpables inmediatos están identificados, son los compañeros de su centro escolar que lo sometieron a un despiadado acoso por su condición sexual; y tercero, que la responsabilidad y la vergüenza de su muerte nos alcanza a todos por no haber sabido transmitir a nuestros jóvenes unos valores que eliminen el machismo, la homofobia, el racismo o cualquier otra forma de abuso.

La abrumadora repulsa por su muerte, las concentraciones de rechazo y solidaridad, las declaraciones indignadas, no logran ocultar que más de la mitad de los jóvenes homosexuales denuncian haber sufrido algún tipo de violencia en su centro escolar , que uno de cada tres varones entre los 15 y los 29 años consideran normal decirle a su pareja lo que debe o no debe hacer, que dos de cada diez menores creen que hay que expulsar inmediatamente a todos los inmigrantes ilegales y que catorce de cada cien rechazan a los gitanos… por ponerle solo cuatro cifras a nuestro fracaso educativo. Ahora se estudían las circunstancias concretas del hecho, el posible aumento de la presión ambiental tras la resolución judicial sobre su sexo en el DNI, la falta de oportunidad en el aplazamiento hasta después de las vacaciones del reunión del centro educativo en la que se iba a estudiar al acosos a que era sometido Alan. Quizá eso proporcione alguna respuesta, algún alivio por leve que sea a quienes lo conocieron y quisieron. Pero no restará un ápice a nuestra responsabilidad colectiva en este ‘asesinato social’ como fue calificado en el manifiesto leído en Barcelona.

Sea cual sea la respuesta inmediata al caso de Alan, las no aliviará en absoluto el viacrucis diario de miles de niñas y niños que cada día son perseguidos y acosados por ser simplemente distintos. Si no erradicamos en le escuela los comportamientos abusivos, la competencia salvaje, las conductas humillantes y las prácticas discriminatorias nuestra sociedad seguirá naufragando, y solo hay una forma de evitar ese naufragio, tomarnos el futuro en serio y empezar a diseñarlo desde la base. Si queremos algún tipo de futuro para nuestros hijos, más allá de la sociedad del caos, es imprescindible tomar medidas para darles le educación adecuada. ¿Cual? Ese es justo lo que debemos establecer entre todos, mediante el dialogo social que nos lleve a un Gran Pacto de Estado en Educación.

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