La gallina ciega que caminaba hacia el abismo

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No queremos, no podemos y, sobre todo, no sabemos como acabar con la brutal masacre que se está produciendo a las puertas de casa. Cientos de vidas tragadas por el mar, miles de náufragos salvados a veces en rescates desesperados en los que se juegan la vida marineros, pescadores, militares, policías y miembros de las ONG, prácticamente solos y escasos de medios para auxiliar a quienes huyen de una realidad cotidiana de torturas, violaciones, y hambrunas; de un horror tangible como el que decapitó hace días al arqueólogo de 82 años Valed Asaad, que cometió el horroroso crimen de estudiar y preservar la cultura de la humanidad. Pero a pesar de los adjetivos horrorizados de los noticiarios y de las voces solidarias que claman por una solución urgente y humanitaria, estos refugiados pierden la calificación de desesperadas víctimas nada más desembarcar o cruzar la frontera, para convertirse en un problema, en una patata caliente que nadie quiere y que todos tratan de traspasarle al vecino.

El ministro británico de Exteriores ha verbalizado sin tapujos lo que lo que muchos callan por pudor y la mayoría intenta ignorar para no asumir la vergüenza: la inmigración africana supone un riesgo para los estándares de vida de los países europeos. Philip Hammond lo ha dicho alto y claro: “Ahora la situación no es sostenible porque Europa no puede protegerse a sí misma, preservar su nivel de vida y sus estructuras sociales si tiene que absorber a millones de migrantes de África”. Para Hammond, la solución al problema pasa por “ser capaces de retornar a aquellos que no tienen derecho de reclamar asilo a sus países de origen”. Menos educadamente, esto viene a ser lo que explican los xenófobos ultraderechistas a pedradas y golpes, muchas veces bajo la mirada cómplice de muchos ejemplares ciudadanos de la vieja Europa que encarnan ese “no queremos”

Lo que ocurre es que detener y hacer retroceder la oleada migratoria hasta sus orígenes es más fácil de decir que de hacer. No podemos hacerlo, primero por un elemental sentido humanitario que nos debe impedir devolver la víctima al patíbulo del que ha huido, y además, porque todos los métodos de aislamiento y deportación empleados hasta el momento han demostrado su absoluta ineficacia, por no hablar de su brutal injusticia. A estas alturas, si hay algo claro es que ni los muros, ni las alambradas, ni las porras, ni los gases lacrimógenos logran detener esa avalancha de miedo y desesperación. Y a pesar de esta evidencia, lo de levantar muros físicos y trincheras mentales es lo que más se lleva este verano. Donald Trump, quiere levantar una muralla en la frontera sur, la que le separa de los cientos de miles de americanos de un poco más al sur. La misma idea se les ha ocurrido en Hungría, en Bulgaria, en la frontera greco-turca, en nuestras fronteras africanas e incluso en la civilizada Gran Bretaña (esta vez en versión túnel militarizado, con tanquetas y todo).

Pero el fracaso de todas estas medidas y la ineficacia de los sistemas de acogida, demuestra también nuestra incapacidad para adaptarnos a una realidad, la de los miles de desheredados sin nada que perder que están dispuestos a todo para hacerse un hueco en nuestra atemorizada sociedad, la única que les puede garantizar la supervivencia con más o menos dignidad. Esa incapacidad de ver la inevitable realidad es la que nos convierte en la gallina ciega que niega a los inmigrantes derechos elementales como la sanidad, que los encierra en campos segregados, que los arrincona en en los barrios del paro y la precariedad y que clama horrorizada cuando estalla su ira. Si no somos capaces de darnos cuenta de que en este barco tenemos que viajar todos, de que o nos salvamos todos o estamos condenados al naufragio como sociedad, seremos como la gallina ciega que camina hacia el abismo.

M.L.P.

Sincronía, una sola Humanidad

http://www.sincronia.org/camp/cies/

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