Empáticos, responsables y respetuosos de la cuna a la discoteca

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Por Eva Antequera. Maestra de Educación Especial.

Si se pregunta a las familias que es lo que más desean para sus hijos, todos coinciden en un genérico “lo mejor”. Pero la respuesta ya no está tan clara al preguntar: ¿Qué se debe enseñar a los hijos para que ellos elijan lo mejor?

Educar es una tarea muy difícil. El objetivo es ayudar al desarrollo de los más pequeños a crecer como personas capaces de sobrevivir en la sociedad en la que vivimos, con recursos para gestionar sus emociones y siendo capaces de establecer una buena relación con su entorno. Recae en la familia la mayor responsabilidad de la educación aunque sea una responsabilidad compartida con la escuela, porque está demostrado que si desde la familia no se crea una base y un vínculo emocional, el trabajo de la escuela tiene una alta probabilidad de fracasar.

Potenciar la empatía, el respeto y la responsabilidad es la clave para desarrollar la capacidad de escuchar, compartir, criticar, asumir, etc. Todas ellas necesarias para relacionarse con los otros y con el entorno. Se entiende por empatía la capacidad de ponerse en el punto de vista del otro. Así uno será capaz de entender y respetar las ideas de los demás, asumiendo las diferencias y las similitudes compartidas. De este modo se genera el respeto hacia los demás y hacia uno mismo. Por último, la responsabilidad debe entenderse como el compromiso que uno asume con los demás o con uno mismo, Y lo que es más importante, entender que no cumplir ese compromiso implica la obligación de asumir sus consecuencias.

La familia tiene la ardua tarea de educar des de la cuna. La identificación y gestión de las emociones debe aprenderse a medida que los pequeños las experimentan. Por tanto, cuanto más pequeños sean más insistencia debe hacerse en la empatía y el respeto. Poco más tarde y a medida que se les da más autonomía personal, debe exigirse más responsabilidad, aunque en ocasiones tengan que sentir frustración.

Cuando los hijos son adolescentes muchas familias sucumben a la batalla de las pautas y los límites. No debería ser ninguna batalla preocupante que un adolescente salga y se divierta, si las familias tuvieran la confianza de que su hijo reaccione con empatía, respeto y responsabilidad ante cualquier situación. No debería preocupar tanto donde va, sino las cosas que hace. Y para ello hay que trabajarlo desde que nacen, establecer vínculos afectivos en la familia de respeto y amor e ir manteniéndolos encendidos durante el día a día. Los niños y niñas deben saber que sus padres se preocupan por ellos porque lo que más desean es lo mejor para sus vidas.

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