Asumamos el futuro

ManifestacionOcho de cada diez jóvenes españoles creen que continuarán dependiendo económicamente de sus padres en los próximos años. Así de sencillo, así de contundente y así de espeluznante es el dato más destacado de un informe realizado por la FAD (Fundación de Ayuda al Drogodependiente).

El estudio se basa en 1.000 encuestas realizadas a distintos grupos de jóvenes de entre 18 y 24 años y decir que refleja el pesimismo y el desasosiego de la juventud respecto a su futuro es una obviedad que enmascara una tragedia. Solo tres de cada 100 jóvenes creen que pueden encontrar un empleo a lo largo de este año recién estrenado y ocho de cada diez creen que la cosa irá a peor o, en el mejor de los casos, se quedará tal mal como está ahora.

Si a alguien se le ocurriese decirle a uno de esos jóvenes que la solución empieza por asumir sus propias responsabilidades, a buen seguro sería tachado de insolidario, intolerante, reaccionario o retrógrado en general. Y sin embargo, por ahí van los tiros, con perdón.

Resulta que tenemos una generación sumida en la más absoluta de las desesperanzas, cuando no de las resignaciones. La culpa no es suya en absoluto. Les hemos educado, pero les hemos educado mal. Bien que nos hemos encargados de bombardearles con la competitividad, el egoísmo y el todo vale para obtener éxito, aunque sea un éxito hecho del material más contaminante, el que sólo sirve para mirar a los demás por encima del hombro. Y esa posibilidad de éxito fácil se les ha esfumado entre los dedos.

Es más, también les hemos dicho que si se esforzaban y se preparaban tendrían una recompensa inmediata en forma de puesto de trabajo y reconocimiento social. Y eso tampoco ha sido verdad. ¿Hemos roto el acuerdo y ahora queremos exigirles que sean responsables y se hagan con las riendas de su futuro? Pues lo mínimo es que sientan desconfianza aunque, insisto, esa es la única salida posible.

Responsabilizarse de la propia vida significa saber decir que no a las falsas promesas, desterrar la ley del mínimo esfuerzo, aceptar las limitaciones propias y ajenas, desoír los cantos de sirena de la corruptela y la falsedad y ser coherente a la hora de elegir que sistema quiere y a quienes designa para conducirlo. Es, en definitiva, exigirse a uno mismo lo que se exige al resto de la sociedad y participar en la construcción de un sistema de valores más justo para todos. Y eso empieza por la base: la educación. Así que quizá sea hora de asumir que para empezar a cambiar las cosas tenemos que comenzar por ponernos de acuerdo en qué educación queremos dar a nuestros hijos.

Sincronia, una sola Humanidad

Por un pacto de Educación

http://www.sincronia.org/camp/pacto-por-la-educacion/

 

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